Un día por carreteras etíopes

[Publicado originalmente en el blog interactivo ‘Historias de Viaje’]

El bullicio, el polvo, los edificios a medio hacer, las bocinas de los taxis, las avenidas llenas de coloridas barracas de bebida y snacks, los jóvenes universitarios bien peinados soñando con cambiar el mundo. Dejar Adís Abeba, con la brújula puesta hacia el sur, significaba escapar de todo eso para adentrarse en un largo camino lleno de miradas indiscretas (haz click en los subrayados para ver más información), presentes pero invisibles, que colonizan las inmediaciones del mayor río nacional: la carretera.

Era la primera vez en 25 años que el gobierno etíope anunciaba un estado de emergencia, abrumado por el conflicto tribal entre las regiones norteñas de Oromia y Amara. Justo una semana antes, 52 personas murieron en una avalancha humana provocada por la intervención policial en un festival.

Era un martes de octubre cualquiera, excepto por el hecho de que siete días antes Etiopía había activado el estado de emergencia. Tesé, nuestro guía – reconocido por sus compañeros de profesión como un perro viejo- nos había dado tres directrices claras: no habría cambios de plan; no circularíamos una vez puesto el sol; y no nos pararíamos más de la cuenta para evitar aglomeraciones a nuestro alrededor. Así que, a pesar del largo camino que nos separaba de nuestro primer destino – Arba Minch-, no salimos de la capital hasta una hora prudente de la mañana, que acabaron siendo las nueve.

[Haz click en las flechas de los lados para avanzar o retroceder. También puedes hacerlo directamente en los iconos del mapa]

Que tenía parte de razón y que era absolutamente inflexible lo entendimos rápido. Tesé hacía años que se dedicaba al turismo, principalmente al español y sudamericano. Fue uno de los etíopes huérfanos que se educaron con Fidel Castro, como agradecimiento del régimen comunista a los caídos en la guerra contra Somalia del 1978, a la que los americanos habían apoyado (por la Guerra Fría con la URSS). Aunque los años habían deteriorado notablemente su acento, conservaba algunas frases “revolucionarias” como “¡esto es lo que hay, hermano!”, que iba soltando cómicamente a lo largo de su discurso.

La salida de Adís fue un trámite sencillo. Nada tenía que ver con los embotellamientos del Nus de la Trinitat barcelonés o los atascos típicos de la M-30 madrileña. Los tres carriles por banda eran más que suficientes para la decena de vehículos que vimos circular en 40 minutos. El proyecto (de 86M de dólares), asumido por la China Road and Bridge Corporation, fue finalizado en 2006, y provocó la construcción de un núcleo periférico de edificios grises de cinco plantas (muchos sin acabar). Incluso allí, el precio de la vivienda – 40.000€ de media- sigue siendo una quimera para el ciudadano de a pie, que recibe un sueldo mensual de 200€.

Cuando nos quisimos dar cuenta, la Minivan ya se había metido por una carretera de un solo carril. Los bloques de hormigón y acero habían dado paso a verdes campos, rodeados de altas montañas en el horizonte, y solitarias acacias (los típicos árboles africanos de película de la sabana con la copa aplastada).

La temperatura, entre 15 y 20 grados, según se acercaba el mediodía, permitía la manga corta. Durante los primeros quilómetros de ruta había decenas de tenderetes de fruta- algunos grandes, otros más humildes – esparcidos por los lados. En general, sandías. Enormes sandías de un verde intenso amontonadas en mesas de madera. También asnos, a millones. Asnos en los bordes, asnos pasmados en medio del camino y que necesitan un par de bocinazos para apartarse, asnos cansados, asnos más astutos y otros que menos. Pero todos cargados. Con sacos de grano, verdura, fruta, leña, carbón. Dándoles igual si hace calor o frío, si el camino es fangoso, empinado o estrecho. Con la mirada siempre al frente, como sus gentes, que sufren en silencio.

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A menudo, nos topamos con hileras de tugurios adosados, a rebosar de hombres en busca de charlas y algo que beber. Las fachadas, pintadas de colores vivos, incluían los logotipos de Coca Cola o Pepsi indistintamente, dejando una sensación de competición que a nadie parecía importarle. El interior de los locales era lúgubre, apenas iluminado por los rayos de sol que conseguían sortear los porticones de madera de sus ventanas. Siendo conscientes de ello, los hábiles propietarios habían diseñado porches en el exterior, de madera o caña de bambú, que convertían en terracitas, con sillas de plástico donde sentarse a reposar del sol. Cuando pasábamos los turistas a toda leche, con nuestros enormes jeeps y minivans, se desencadenaba una ola de miradas, griterío y hasta la persecución de algún vendedor esperanzado con que el vehículo frenara por voluntad propia o por los obstáculos del camino (generalmente baches o rebaños de animales).

Todo lo demás era paisaje virgen, moteado por pequeñas chozas de adobe, barro y paja. Muy separadas unas de otras, algunas parcelas delimitaban su territorio con filas de frondosos cactus. Allí mismo, debajo de aquellas hierbas, yacían enterrados los cadáveres de los familiares. Estaban marcados con una placa de piedra rectangular en la que había dibujado un homenaje al difunto, que en el caso del hombre era habitualmente un guerrero. Para las familias es un símbolo de respeto y cercanía. “Mueren, los entierran y crece la hierba. Es el ciclo de la vida”, razonó Tesé. “Mueren, los entierran y crece la hierba. Es el ciclo de la vida”, razonó Tesé.

A un cierto punto, cogimos un desvío a la izquierda, hacia un caminito de tierra que llevaba a unas charcas (Ziway). Nos paramos al lado de una sencilla barraca llena de trastos de cocina, con los que una mujer se disponía a cocinar tres peces enormes. Había amontonado varios palos, que encendió con la ayuda de una caja de cerillas. Mientras tanto, cinco hombres, a los que se sumó Tesé, esperaban ansiosos su ración.

Nos invitaron a unirnos, pero justo delante cuatro marabúes habían alzado el vuelo para aterrizar majestuosamente en el agua, uniéndose a un grupo todavía mayor. Sumado a los caballos, que campaban a sus anchas por la orilla del agua, era una estampa natural magnífica, imperdible. Aprovechamos el momento para tomar unas instantáneas, a las que no quisieron faltar unos pequeños espontáneos,.

Cuando volvimos a la carretera, para enfrentarnos a cinco horas más de coche, me di cuenta de que las mezquitasse sucedían sin descanso. Bellísimas, de colores vivos aunque desgastados por el agresivo sol africano, imponían sus minaretes en la silueta del paisaje, coronados por una media luna de metal. Estábamos en territorio musulmán de un país que ha conseguido hacer convivir el Islam con el cristianismodesde hace siglos.

Entonces, los frenazos iban en aumento. Quedaba poco para que se pusiera el sol y la gente, de vuelta a sus aldeas, invadía el camino con sus largos y cansados rebaños. Hacer que se apartaran era un suplicio, y Tesé repetía una y otra vez la operación de sacar la cabeza por la ventanilla y soltarles quién sabe qué en amariña.

Nunca sabíamos si Tesé estaba a punto de darse de puñetazos, si charlaba o simplemente les tomaba el pelo. Tampoco nos lo contaba cuándo se lo preguntábamos, y con esa agresividad de tono nunca sabíamos si estaba a punto de darse de puñetazos, si charlaba o simplemente les tomaba el pelo.

Más gracia le hizo la repentina caravana de minivans cerca de la población de Sodo, que nos tuvo retenidos alrededor de 20 minutos. Algunos de los viajeros, hartos de esperar, se habían bajado a la carretera y, con unos altavoces apoyados en el hombro, bailaban al son de la música. Iban a una boda y eso era sólo el pistoletazo de salida. Los que se habían quedado dentro habían bajado las ventanillas. Entonaban algunos versos o enseñaban lo que habían traído para la ocasión: alcohol y manjares caseros de todo tipo.

Lo mejor fue que por primera vez (y casi la última) fuimos totalmente ignorados por los locales. Nos convertimos en observadores invisibles y, esto, como periodista, me llenó más que cualquier otro momento del viaje. Pude ver la realidad tal y como era, sin interferir en ella, captando la autenticidad del país en su máximo esplendor. No se podía pagar (y eso era lo bueno) ni con 5, ni 10 ni 20 birr.

Después de habernos empachado de esa grata sensación, convinimos en poner la directa, preocupados por un sol que amenazaba con esconderse pronto. Quedaban dos horas para llegar al resort donde nos alojaríamos y intuíamos que a Tesé no le entusiasmaba demasiado la idea de saltarse sus propias normas ya el primer día.

Desde hacía un par de horas masticaba Chat  sin parar, las hojas dentadas de un frondoso arbusto de efectos alucinógenos (que dan un subidón equivalente a las anfetaminas). Había comprado una rama entera – que encajaba cuidadosamente dentro de una bolsa de plástico transparente- aprovechando el parón de las 3 para comer. Tesé, como tantos de sus conciudadanos, había convertido esta amarga ingesta – prohibida en Europa, pero muy popular en Etiopía- en su ritual diario. Por la noche sólo le quedarían los restos. Pero como él decía: “¡se debe consumir fresco, porque sino se seca!”.

Si no llegamos a Arba Minch del tirón fue por el griterío de media Minivan, que exigió poder contemplar cómo la carretera se fundía con la orilla del lago Abaya. Una fina capa de neblina había hecho desaparecer buena parte de la silueta montañosa del extremo opuesto del charco, poniendo el acento en las aguas rojizas, hijas de la cicatriz de la Tierra, el Gran Valle del Rift.

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Unos metros hacia adentro, un pescador local empujaba a golpe de remo los cuatro troncos que había dispuesto a modo de canoa. Iba con el torso desnudo y vestía unos jeans claros a los que había cortado los bajos para evitar que se mojaran. No había peces en el bote, sólo hilos de pescar de colores (verde, azul, y alguno blanco), así que sin trofeo alguno del que alardear ante los turistas, atracó ayudándose de una roca, saltó en el fango y desapareció tímidamente bordeando el lago.
“¡Venga, nos vamos!”, soltó Tesé al finalizar el espectáculo, provocando el rechiste del dúo de Carabanchel (dos jubiladas madrileñas encantadoras que viajaban con nosotros). Arrancamos dejando atrás una repentina polvareda y asustando a un burro enloquecido que se revolcaba en la arena del borde de la carretera. Con el día ya oscurecido y una Minivan a toda velocidad, decidí que lo mejor era echar una cabezadita. Los clicks de la cámara me despertaron, así que instintivamente levanté la cabeza y miré por la ventanilla. Media docena de cristianas ortodoxas, con sus cabezas cubiertas de un precioso velo blanco, volvían de misa. Y al fondo, varios bloques de pisos y postes de electricidad decían: bienvenidos de nuevo a la urbe, bienvenidos a Arba Minch.
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