El teatro que, sin querer, casi acabó con el catolicismo

Jesucristo se rebotó, corona de espinas en la cabeza, para repartir tortazos a derecha e izquierda, sin piedad. En el pueblo de Atella, de 3800 habitantes, en la región sureña italiana de Basilicata, hasta un blasfemo ha llegado a conseguir el papel de hijo de Dios en la Via Crucis. Ese año, la calle protestaba: “¿Cómo puede ser?”, gritaban. Nadie pensaba, pero, que se le acabaría la paciencia.

“Esta procesión es un teatro con tema religioso”, afirma Benedetto Carlucci, periodista y fundador de esta procesión de Jueves Santo en 1967. Hasta entonces, ningún pueblo de la región se había planteado convertir la religión en puro teatro, aunque la obligación de confesarse antes de hacerla no dejaba de tener un punto importante de formalidad religiosa.

– Quizás la pregunta sea: ¿por qué?…

– En esos años, Atella tenía la mala pata de tener a un cura extraño, don Gedeone Focaia, de la provincia de Mantova, que había hecho alejar de la Iglesia a muchísimos jóvenes. No tanto de mujeres, pero de hombres.

– ¿Los hizo alejar…?

– Tenía las manos largas.

– Entonces, se trataba de acercarles. ¿Se consiguió?

– Esta hipótesis ni se puede confirmar ni desmentir. El cura se cambió al año siguiente por uno más joven y mucho más comprometido.

A día de hoy siguen conviviendo la procesión canónica, con el representante eclesiástico, el viernes, y la de Carlucci, el jueves. A pesar de todo, con el paso de los años, en la iniciada por el periodista, y mucho más seguida en el pueblo, ya no hace falta confesarse. La religiosidad se ha esfumado. Lo que comenzó como un teatro para acercar los jóvenes a la Iglesia se ha quedado solo en teatro, por mucho que 49 años después el imitador de Jesús cargue la misma cruz, de madera maciza, con el viso caído y gotas de sangre que resbalan por su mejilla cual gotas de agua en un día de lluvia.

Jesucristo con la Madonna - Foto de Giacomo d'Elia
Jesucristo con la Madonna – Foto de Giacomo d’Elia

Su pelo, falso, despierta los lamentos de las abuelas, que observan sin perder detalle desde las esquinas. “Parece una escoba”, critican. En su paso por las calles, adoquinadas, se escucha el rún-rún de los pasos de los gladiadores, que se acercan a la Plaza Mayor y ahí, delante de la Madonna y los apóstoles, se formula la pregunta que algunos jóvenes en el pueblo han repetido de forma cómica en los últimos días. Y se hace el silencio y, después la calle clama “Barrabás”.

Con los costados rapados y el flequillo engominado hacia atrás, el peinado por bandera italiano, decenas de adolescentes cargan la armadura dorada y su espada, creyéndose héroes.

– ¿Tanto de la religión al ateísmo juvenil?, le pregunto a Donato Larotonda, un joven de 20 años que representa a un apóstol.

– No exactamente.

Donato ha tenido que viajar ocho horas largas con el autobús para bajar a ver a su familia por Pascua. En Navidad, y como de costumbre por esa zona, le pillaron con un amigo suyo con una scooter y sin casco. Les frenó un municipal, que casualmente es quien organiza la procesión. “¿Vendréis a la Via Crucis?”, preguntó. La respuesta no podía ser otra que afirmativa. Seguramente Donato hubiera participado igual, su familia es muy religiosa, pero para otros jóvenes esta es una estratégica manera de convencerles.

– Cuando se acerca la Via Crucis las amenazas de multa empiezan a ir en aumento. Digamos que es como un incentivo para que los jóvenes participen.

– ¿No hay otra forma de hacerlo?

– Desde hace muchos años, la organización también paga el billete de autobús de ida y vuelta al parque de atracciones Mirabilandia. Es una manera de hacer que participe una generación, la de entre 16 y 25 años, que está en fase de “rebelión” contra todo.

La pérdida de religiosidad no es un factor aislado de Atella. En un siglo, el porcentaje de personas que se considera católica en Italia ha bajado del 99% al 80%, y la Via Crucis de Carlucci representa cada vez más el cambio de liturgia por tradición. El sentimiento por el divertimento. Por eso, que después de muchos años haya hecho una jornada soleada, es motivo de celebración. “Lo del año pasado es para olvidarlo”, dice Maria Maddalena, mientras espera, con un largo vestido azul celeste, su turno para entrar en la plaza.

Donato lo lamenta, confiesa que “el sufrimiento de aguantar el frío coloca a los personajes en un estadio de realismo”. Él hubiera preferido ver llover a cántaros. Mejor hubiera sido dos horas y media de procesión con una sola capa encima y unas alpargatas que auguraran un severo resfriado. “A mi tío Vito no le ha pasado nunca nada”, asegura, como si fuera una especie de voluntad divina.

La procesión también se convierte en un modo de integrarse, al menos por un día, en un refugio de calor social. Todos los tipos raros del pueblo piden representar algo y, así, conseguir su minuto de gloria. Un tal llamado Tarzán, al que el pelo le llega hasta la cadera, y que persigue mujeres por la calle, los borrachos del bar, y hasta Giovanni, un hombre ahora ya de 40 años que fue salvado por un vecino del pueblo, cuando al nacer éste y al verle la presión alta le tiró en un cazo de agua fría encima.

“¡Azotadles! ¡Más fuerte!”, grita uno de ellos, metiéndose demasiado en el papel. En esa calle, decenas y decenas de personajes, con sus caras y con sus gritos, colorean y dan vida a un pueblo que durante el invierno está casi vacío. Muchos han venido desde lejos, desde donde trabajan o estudian, para ayudar y divertirse con la “obra”.

Jesucristo en la cruz en Atella - Foto de Giacomo d'Elia
Jesucristo en la cruz en Atella – Foto de Giacomo d’Elia

A medida que la procesión avanza, el sol se esconde y la brisa coge un toque frío que va poniendo la piel de gallina a más de uno. En el momento final, tres gladiadores alzan a Jesús en la cruz y la clavan en el suelo. En esa colina, el paisaje se hace presuntuoso. La naturaleza brilla y los rostros de los actores se oscurecen. Todos cargan, con su cansancio, una pequeña cruz, y junto a ello, los altavoces en el pico de la colina empiezan a reproducir las notas compuestas por Hans Zimmer y voz de Lisa Gerrard para Gladiator que trasladan en la Judea de 2.000 años atrás. En ese preciso instante, y sin que nadie se de cuenta, saltan chispas de religiosidad.

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