Sembrados de bombas

La metralla se ha convertido en abono en el patio del señor Bahje. En las alargadas carcasas metálicas que condenaron a Laos a ser el país más bombardeado por cápita de la historia, crecen ahora especias y flores. La de Bahje es la última reminiscencia de la aldea de las bombas, bautizada así por la curiosa transformación de los explosivos arrojados por el ejército estadounidense –entre 1964 y 1973– en objetos de decoración. Vida donde antes había muerte.

Pero la provincia laosiana de Xieng Khouang, de 250.000 habitantes, no es un alter ego de su parcela. Los 80 millones de bombas de la llamada Secret War –operaciones norteamericanas enmarcadas en la guerra de Vietnam para frenar los suministros de Laos hacia Ho Chi Minh– que quedaron sin detonar por fallos en su diseño o lanzamientos desde baja altura, siguen masacrando a su pueblo.

El mismo modelo que expone Bahje en una de las estanterías de su choza, convertida en un museo para la concienciación de pequeños y mayores sobre los riesgos de estos artefactos, acabó en marzo con la vida de Kia en la población de Nong Phet, al norte de Phonsavan. La cría de 10 años estaba jugando con sus amigos cuando la guerra fría le estalló entre sus manos diminutas. Otros 13 niños fueron heridos.

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