El teatro que, sin querer, casi acabó con el catolicismo

Jesucristo se rebotó, corona de espinas en la cabeza, para repartir tortazos a derecha e izquierda, sin piedad. En el pueblo de Atella, de 3800 habitantes, en la región sureña italiana de Basilicata, hasta un blasfemo ha llegado a conseguir el papel de hijo de Dios en la Via Crucis. Ese año, la calle protestaba: “¿Cómo puede ser?”, gritaban. Nadie pensaba, pero, que se le acabaría la paciencia.

“Esta procesión es un teatro con tema religioso”, afirma Benedetto Carlucci, periodista y fundador de esta procesión de Jueves Santo en 1967. Hasta entonces, ningún pueblo de la región se había planteado convertir la religión en puro teatro, aunque la obligación de confesarse antes de hacerla no dejaba de tener un punto importante de formalidad religiosa. Continua llegint

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